ELLA PASABA LA NOCHE DE NAVIDAD CON SU HIJO… HASTA RECIBIR LA VISITA INESPERADA DEL JEFE MILLONARIO

—Quiero conocerte de verdad —le dijo—. No como mi empleada. Como Bianca.

Ella lo frenó con una verdad que dolía:

—Nuestros mundos no encajan, Federico. Te van a juzgar. Me van a llamar interesada. Y un día, aunque no quieras… podrías avergonzarte de mí.

Federico sintió esa palabra como un golpe.

—¿Avergonzarme de ti? Jamás.

—No intencionalmente —susurró—. Pero la presión existe. Y yo tengo un hijo. Si me equivoco, no me rompo solo yo.

Antes de que pudieran seguir, el teléfono de Bianca sonó horas más tarde, ya de regreso en la mansión, mientras intentaban mantener una distancia profesional imposible. Bianca palideció.

—Es doña Irene… —su voz tembló—. Gael tiene fiebre alta.

Federico no preguntó si podía acompañarla. Tomó las llaves.

El tránsito fue cruel. Bianca lloraba, llamando una y otra vez, escuchando que el niño temblaba de fiebre. En el edificio de Bangu, subieron escaleras porque el ascensor estaba roto. Gael estaba rojo, sudado, llorando débil en el sofá. Al ver a su madre, estiró los brazos.

—Mamá…

Bianca lo apretó contra el pecho, desesperada.

—Vamos al hospital. Ahora.

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