Dime que Rosa está mintiendo. Diana levantó la barbilla. Thomas, querido, ¿puedo explicarte? Dime que está mintiendo. Su grito resonó por toda la casa. Diana retrocedió y en el silencio que siguió no dijo nada. Thomas cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir tenía lágrimas en ellos. Intentaste matar a mi hijo.
Si este giro te ha emocionado tanto como a mí, deja tu me gusta ahora, porque lo que viene a continuación mostrará el precio de la verdad. La policía llegó 20 minutos después. Dos agentes uniformados, una detective de cabello canoso y mirada cansada. Diana se la llevaron esposada, todavía gritando que todo era un malentendido, que Rosa lo había inventado todo por venganza, que Thomas se arrepentiría de creer a una empleada en lugar de a su propia esposa.
Thomas no dijo ni una palabra. se quedó parado en la entrada de la sala con los brazos cruzados, viendo como la mujer que había traído a su casa era colocada en el asiento trasero del coche patrulla. Cuando las luces rojas y azules finalmente desaparecieron en la curva de la calle, el silencio que quedó era tan pesado que Rosa apenas podía respirar.
Thomas se dio la vuelta, la miró y Rosa vio en sus ojos algo que reconocía. Una culpa tan profunda que parecía no tener fondo. “Oliver, ¿está bien?”, preguntó con voz ronca. “No lo sé. No me dejaron ir con él.” Thomas se pasó la mano por la cara y Rosa se dio cuenta de que estaba temblando. “Tengo que ir al hospital ahora mismo.
Iré con usted.” Él dudó. “No tienes por qué iré.” Repitió Rosa con firmeza. Le prometí que cuidaría de él y yo no rompo mis promesas. Algo pasó por el rostro de Thomas. No era gratitud. No exactamente, era reconocimiento, como si estuviera viendo a Rosa por primera vez como un ser humano, no como una función. Entonces vamos.
El viaje al hospital se hizo en silencio. Thomas conducía demasiado rápido, con las manos apretadas al volante y la mandíbula tensa. Rosa iba en el asiento del copiloto, mirando las luces de la ciudad pasar por la ventana, pensando en Miguel y Sofía durmiendo al otro lado de la frontera, sin saber que su madre acababa de arriesgarlo todo.
“¿Por qué no te fuiste?”, preguntó Thomas de repente, rompiendo el silencio. Rosa lo miró. ¿Qué? Cuando Diana se fue de casa, podías haber cogido tus cosas y haberte teído. Nadie lo habría sabido. No nos debías nada. Rosa se quedó callada un momento. Luego dijo en voz baja, se lo debía a Oliver. Thomas tragó saliva. No lo sabía.
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