El caserío estaba semiderruido por el paso del tiempo. La puerta principal cedió con facilidad. Dentro, encontró restos de colchones viejos, latas de comida, botellas de agua con fechas de 1991. Y en una esquina, semioculto bajo unas tablas, un cuaderno infantil con cuatro nombres escritos en la portada: Nerea, Clara, Marisa, Julia.
El contenido era devastador. Notas breves, intercambiadas entre las chicas:
— “Hoy no vino. No queda leche.”
— “He oído un coche, pero no era él.”
— “Mi barriga duele.”
— “Tenemos que salir.”
La última página estaba escrita con prisa:
“Vamos a intentarlo esta noche. No podemos seguir aquí. Si nos encuentra, ya sabes lo que pasa.”
Nunca se supo si lo lograron. No había restos, ni señales de lucha, ni pistas nuevas. Pero ahora existían documentos suficientes para reabrir el caso, demostrar la manipulación, y exponer la red de silencios que lo había encubierto.
Eusebio entregó todo a las autoridades. Las investigaciones posteriores revelaron que Mera había abandonado España en 1992 y vivía bajo otra identidad en Portugal, donde finalmente fue detenido. Nunca confesó qué ocurrió aquella noche en la casa rural.
Pero gracias al conserje, al fin se rompió el silencio.
Y el pueblo de Santander, treinta años después, pudo empezar a nombrarlas otra vez.
Nerea. Clara. Marisa. Julia.
Cuatro historias que por fin dejaron de estar enterradas.
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