El invierno de Minnesota siempre había sido cruel, pero aquel diciembre de 2001 parecía especialmente despiadado. La pequeña localidad de Pine Creek, con apenas tres celos habitantes, despertó bajo un manto de nieve que cubría sus calles como una mortaja blanca. En la casa de los Wilson, situada en el extremo norte del pueblo, Linda preparaba el desayuno mientras sus hijas, Sara de 7 años y Emma de 5, se vestían para ir a la escuela.
“Niñas, el autobús llegará en 15 minutos”, gritó Linda mientras colocaba los platos de cereal en la mesa de la cocina. El divorcio con Richard, finalizado apenas tres meses atrás, había sido especialmente tenso. Después de años de disputas y conflictos, el juez había concedido la custodia completa a Linda, permitiendo a Richard visitas supervisadas cada dos semanas.
Sara bajó primero con su cabello rubio recogido en una coleta y su mochila rosa colgada al hombro. Mamá, Emma dice que no encuentra su bufanda azul”, dijo mientras se sentaba a la mesa. Linda suspiró. “Debe estar en el perchero. Voy a ayudarla.” Cuando subió al dormitorio que compartían las niñas, encontró a Emma sentada en la cama con expresión preocupada.
Papá dijo que la bufanda azul me protege de los monstruos”, susurró la pequeña. Linda se arrodilló frente a su hija menor. Las visitas con Richard siempre dejaban a las niñas alteradas, llenas de ideas extrañas y miedos inexplicables. “Cariño, no hay monstruos y encontraremos tu bufanda. Lo prometo. Finalmente localizaron la prenda en el fondo del armario.
Las niñas desayunaron apresuradamente y Linda las acompañó hasta la parada del autobús ubicada a unos 100 m de la casa. “Pórtense bien, las recogeré a la salida”, les dijo mientras les daba un beso en la frente a cada una. Vio cómo subían al autobús amarillo y se despedían agitando sus pequeñas manos enguantadas. Fue la última vez que Linda vio a sus hijas. A las 3:15 pm, Linda esperaba en la parada habitual.
El autobús escolar se detuvo, pero Sara y Emma no bajaron. La conductora March Donovan, una mujer de 60 años que conocía a todos los niños por su nombre, se asomó por la puerta con expresión confundida. Las pequeñas Wilson no subieron al autobús esta tarde”, dijo con certeza. “Pensé que tal vez las habían recogido temprano.” El pánico inundó a Linda como una ola fría.
llamó inmediatamente a la escuela primaria Pine Creek, donde la secretaria, visiblemente alarmada, confirmó que las niñas habían asistido a clases, pero no se habían presentado después del receso del almuerzo. Las maestras pensaron que quizás se habían ido temprano con usted”, explicó la mujer con voz temblorosa.
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