Richard creó un mundo alternativo para sus hijas. les hizo creer que el exterior era peligroso, que su madre las había abandonado y que él era su único protector. Las primeras sesiones con las niñas revelaron la profundidad del daño. Sara, la mayor, mostraba signos de lo que los especialistas denominaron síndrome de Estocolmo infantil.
Defendía a su padre ferozmente y se mostraba suspicaz ante cualquier crítica hacia él. Papá nos salvó. insistía con vehemencia durante las sesiones terapéuticas. Dijo que mamá nos había vendido a gente mala y que por eso teníamos que escondernos. Emma, más joven e impresionable, mostraba mayor confusión.
Alternaba entre la defensa de su padre y momentos de lucidez en los que cuestionaba su situación. A veces quería salir a jugar afuera”, confesó en un susurro durante una sesión con la doctora Mercer. Pero Sara decía que debíamos obedecer a papá, que él sabía lo que era mejor para nosotras. Los detalles de su cautiverio emergían lentamente como piezas de un rompecabezas macabro.
Richard había mantenido una rutina estricta, lecciones escolares por la mañana, tiempo de lectura por la tarde y una hora de aire fresco en la noche, cuando las niñas podían subir a la casa principal mientras todos los vecinos dormían. Nos dejaba ver televisión a veces, explicó Sara.
Programas educativos principalmente y películas de Disney los domingos. si nos habíamos portado bien. Lo más perturbador era la elaborada mitología que Richard había construido para justificar el encierro. Había convencido a las niñas de que una organización secreta las buscaba para experimentar con ellas debido a su ADN especial. Les había mostrado noticias manipuladas donde supuestamente se informaba sobre otros niños secuestrados por esta organización ficticia.
Cada cumpleaños nos daba un regalo especial”, recordó Emma con una sonrisa incongruente con su situación. El año pasado me regaló un telescopio pequeño. Podía ver las estrellas a través de un conducto de ventilación. El reencuentro con Linda se posponía una y otra vez. Los especialistas temían que la confrontación con la realidad fuera demasiado traumática para las niñas, quienes habían sido adoctrinadas para creer que su madre las había traicionado.
“Tenemos que desmantelar las mentiras gradualmente”, explicó la doctora Mercer a Linda, quien aguardaba con una mezcla de ansiedad y esperanza. Confrontarlas abruptamente con la verdad podría provocar un colapso psicológico. Mientras tanto, el caso judicial contra Richard Wilson avanzaba.
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