En 2001, dos niñas desaparecen — 5 años después la policía las encuentra en el sótano de una casa…

Representaba tanto su mayor fracaso profesional no haber encontrado a las niñas antes como su mayor logro no haber abandonado nunca la búsqueda. Las encontramos con vida, le recordaba el sherifff Jameson cuando la veía sumida en recriminaciones. En nuestro trabajo, eso ya es un milagro. El verano de 2006 trajo consigo nuevos progresos.

Sara finalmente accedió a pasar un fin de semana completo en el apartamento de Linda, un paso significativo en su reintegración familiar. Emma había comenzado clases particulares para ponerse al día académicamente, mostrando una inteligencia y resiliencia que asombraba a sus tutores. Y mientras las hermanas Wilson luchaban por recuperar la normalidad que les había sido robada, el juicio de Richard Wilson llegaba a su fase final, prometiendo al menos una forma de justicia para una familia cuya vida había sido destrozada por el egoísmo retorcido de un hombre que confundió la posesión con el amor.

El tribunal del condado de Genenepin, un imponente edificio de piedra en Minneápolis, estaba abarrotado la mañana del 12 de julio de 2006. El juicio de Richard Wilson había entrado en su fase final y la expectación era palpable. Durante las últimas semanas, el caso había captado la atención nacional, convirtiéndose en tema de debate sobre los límites de la custodia parental y la psicología de los secuestradores.

En la sala, Linda Wilson ocupaba un asiento en la primera fila, flanqueada por la agente Rives y una asistente social. Sus hijas no estaban presentes. Los psicólogos habían sido tajantes sobre la inconveniencia de exponerlas al trauma adicional que supondría ver a su padre en el banquillo de los acusados.

Richard, vestido con un traje gris que colgaba de su figura ahora demacrada, mantenía una expresión impasible mientras su abogado presentaba los alegatos finales. La estrategia de la defensa había evolucionado desde la negación inicial hasta un argumento basado en la inimputabilidad parcial por trastorno delirante.

Mi cliente actuó bajo la firme convicción de que estaba protegiendo a sus hijas, argumentaba el abogado defensor Marcus Turman. Su mente, afectada por un trastorno psicológico severo, construyó una realidad alternativa donde él era el único capaz de mantener a salvo a Sara y Emma. La fiscal del distrito, Ctherine Hamon, una mujer de 40 años conocida por su implacabilidad en casos de abuso infantil, se levantó para su alegato final con determinación serena.

La defensa quiere que veamos a Richard Wilson como un hombre enfermo, incapaz de distinguir el bien del mal. comenzó su voz resonando clara en la sala silenciosa. Pero la evidencia nos muestra algo muy diferente. Un planificador meticuloso, un manipulador consciente que documentó cada paso de su crimen.

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