En Filipinas, un hombre llamado Ramón Verano ganaba cincuenta mil pesos al mes, pero le daba a su esposa Selena solo cien pesos al día. Durante cinco largos y amargos años, Selena vivió atrapada entre la sospecha y el silencio, dolida, humillada y convencida de que Ramón escondía a otra mujer.

“Si algo me pasa”, continuaba la carta, “sigue las instrucciones del cuaderno azul. Allí encontrarás la verdad, y tal vez una salida”.

El cuaderno azul estaba lleno de detalles, direcciones, nombres y códigos bancarios. Abrumada, Selena se reunió con un abogado. Tras revisar los documentos, el abogado quedó impactado. Ramón había estado colaborando con un grupo de periodistas de investigación que preparaban un importante informe sobre corrupción.

Las amenazas no eran imaginarias: correos electrónicos impresos, fotos engañosas, incluso balas selladas dentro de un sobre sin remitente.

Un escalofrío recorrió la espalda de Selena. Durante años había creído que Ramón era un marido frío y codicioso, pero en realidad, la había estado protegiendo de un peligro mucho mayor del que jamás imaginó.

Durante semanas, Selena estudió los archivos. Entre facturas falsas y correos electrónicos cifrados, encontró una carpeta con su nombre. Dentro había un documento notariado que la nombraba única beneficiaria de una fundación en Suiza, con suficiente dinero para garantizarle una vida segura y digna.

Pero esa seguridad conllevaba una responsabilidad. Ramón le había dejado una última petición: entregar las pruebas al periodista Antonio Mercado.

"Si haces esto", escribió, "derribarás una red corrupta, pero arriesgarás tu vida".

Selena tenía miedo. ¿Valía la pena reabrir esas heridas? ¿Estaba preparada para enfrentarse a quienes habían atacado a su marido?

Una noche, mientras miraba una foto de Ramón tomada en Cebú, oyó su voz en su memoria:

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