En Filipinas, un hombre llamado Ramón Verano ganaba cincuenta mil pesos al mes, pero le daba a su esposa Selena solo cien pesos al día. Durante cinco largos y amargos años, Selena vivió atrapada entre la sospecha y el silencio, dolida, humillada y convencida de que Ramón escondía a otra mujer.

Un día, recibió una carta anónima. Sin firma, solo una línea:

“Su esposo cambió muchas vidas. Gracias por completar lo que empezó”.

Selena lloró, pero sus lágrimas eran de paz y comprensión.

Cinco años después, la fundación que Ramón fundó comenzó a apoyar a jóvenes ingenieros y periodistas que luchaban contra la corrupción. En su entrada, una placa decía:

“Fundación Verano-Mercado: Por la Verdad y la Justicia”.

Selena asistió a la inauguración. Allí, Antonio leyó las últimas líneas del diario de Ramón:

“La verdad no se compra ni se entierra. A veces exige una vida. Pero solo quienes la enfrentan pueden descansar verdaderamente en paz”.

Entre lágrimas, Selena sonrió. Por primera vez, comprendió que los cien pesos diarios no eran una humillación, sino el muro invisible que él construyó para protegerla.

Al anochecer sobre Manila, sintió que, de alguna manera, Ramón seguía allí: en las páginas, los números y la voz serena de un hombre que eligió el silencio para proteger el amor.

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