Se identificaron empresarios, políticos y funcionarios. La investigación culminó con varias detenciones.
Ramón se convirtió en un héroe: un ingeniero que arriesgó todo para revelar la verdad.
Selena no buscó la fama. Se mudó a una pequeña casa cerca del mar en Palawan. Allí, con la suave brisa y el sonido de las olas, rehízo su vida. A veces abría el cuaderno azul, no por miedo, sino para sentir la presencia de Ramón en sus páginas.
Un día, recibió una carta anónima. Sin firma, solo una línea:
Su esposo cambió muchas vidas. Gracias por completar lo que empezó.
Selena lloró, pero estas lágrimas eran de paz y comprensión.
Cinco años después, la fundación que fundó Ramón empezó a apoyar a jóvenes ingenieros y periodistas que luchaban contra la corrupción. En su entrada, una placa decía:
“Fundación Verano–Mercado: Por la Verdad y la Justicia”.
Selena asistió a la inauguración. Allí, Antonio leyó las últimas líneas del diario de Ramón:
La verdad no se compra ni se entierra. A veces exige una vida. Pero solo quienes la enfrentan pueden descansar en paz.
Entre lágrimas, Selena sonrió. Por primera vez, comprendió que los cien pesos diarios no eran una humillación, sino el muro invisible que él había construido para protegerla.
Cuando el anochecer cayó sobre Manila, sintió que, de alguna manera, Ramón todavía estaba allí: en las páginas, los números y la voz tranquila de un hombre que eligió el silencio para proteger el amor.
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