Sofía, confundida y aún llorando, abrió la caja. Dentro, encontró documentos cuidadosamente doblados, algo que yo había estado preparando durante años sin que ella lo supiera del todo. Le temblaban las manos al abrirlos. La primera página la dejó sin aliento. Me miró incrédula: "¿Es esto real?".
El murmullo entre los invitados creció, y los ojos de Alejandro se llenaron de confusión y tensión. Sofía apenas podía hablar, pero los documentos hablaban por ella. Su contenido prometía cambiar la dinámica de toda la familia, y al leerlos, su expresión pasó de la tristeza a la incredulidad.
Elena hizo una pausa, dejando a todos en suspenso. Lo que Sofía descubriría en las siguientes páginas cambiaría para siempre su vida y su relación con su marido. Pero antes de que pudiera reaccionar del todo, algo inesperado ocurrió en el salón que dejó a todos boquiabiertos...
Al mirar más de cerca, Sofía vio que uno de los documentos era una escritura de propiedad, legalmente a su nombre. Una casa en el barrio de Triana, una de las zonas más antiguas y emblemáticas de Sevilla. El segundo documento era un contrato de fideicomiso que garantizaba que la propiedad le pertenecía únicamente a ella, sin que nadie más pudiera reclamarla, ni siquiera Alejandro.
La sala quedó en silencio, interrumpida solo por susurros y miradas incrédulas. Doña Carmen palideció, con los labios apretados. Alejandro frunció el ceño, intentando comprender qué estaba pasando. "¿Por qué harías esto sin consultarnos?", preguntó, con una mezcla de indignación y confusión.
"Porque mientras tu madre le enseñaba a mi hija a 'conocer su lugar', yo le enseñaba a nunca perderlo", respondí con firmeza, mirando directamente a los ojos de Alejandro.
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