Respiré hondo, levanté mi copa de champagne y respondí con la calma que ellos no esperaban:
—Hay algo que ustedes han olvidado.
Sus rostros cambiaron inmediatamente. Adrián entreabrió los labios, Lucía frunció el ceño. Y antes de que pudiera decir más, una voz detrás de nosotros gritó mi nombre, corriendo hacia mí con un sobre en la mano.
Un segundo después, el caos estalló…
…y yo ni siquiera tuve que mover un dedo.
El hombre que corría hacia mí era Mateo, mi abogado y amigo de confianza. Nadie entendía por qué un abogado aparecería en una boda con tanta urgencia, pero yo sí. Llevábamos meses investigando a Adrián en silencio, y justo esa mañana Mateo me había enviado un mensaje: “Tengo lo que necesitas. Es peor de lo que crees.”
Cuando llegó hasta nosotros, dejó caer el sobre sobre la mesa de cocteles, respirando agitado.
—Señor Álvarez, es urgente. Tiene que ver esto antes de que firme cualquier cosa —dijo alto y claro, lo suficiente para que media boda escuchara.
Lucía se puso pálida.
—¿Qué está pasando, papá?
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