Adrián intentó mantener su compostura.
—Esto es ridículo. Está arruinando nuestra boda —gruñó, tratando de arrebatar el sobre. Pero Mateo fue más rápido.
Abrió los documentos y comenzó a leer en voz alta:
—Transferencias ocultas. Deudas de juego. Manipulación financiera a exparejas. Y aquí… intento de fraude con el patrimonio familiar.
Los invitados comenzaron a murmurar. Algunos sacaban discretamente sus teléfonos, otros se echaban hacia atrás, como alejándose del desastre. Lucía miraba a Adrián con los ojos muy abiertos, como si la realidad finalmente le golpeara.
—Eso es mentira —escupió Adrián—. ¡Son documentos falsos!
Mateo levantó una ceja.
—Fueron verificados esta mañana por la policía financiera. De hecho, están en camino.
El rostro de Adrián se descompuso. Ya no había arrogancia, solo miedo.
Aproveché el silencio para hablar, despacio, sin levantar la voz:
—¿Cien mil dólares? ¿Residencia de ancianos? Lucía… ¿de verdad pensaste que podría chantajearme alguien así?
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