En la boda en la playa de mi hija, su futuro esposo se inclinó hacia mí y murmuró con una sonrisa torcida: “Paga cien mil dólares por este lujo… o desaparece para siempre.” Mi hija añadió: “O disfruta tu soledad en la residencia.” Levanté mi copa y respondí suavemente: “Hay algo que ustedes han olvidado.” Sus rostros palidecieron. Un segundo después, el caos estalló… y yo ni siquiera tuve que mover un dedo.

Mi hija empezó a temblar.
—Papá… yo… Él me dijo que tú querías controlar mi vida. Me dijo que era lo mejor…

—Lo mejor para quién —interrumpí—. ¿Para ti o para sus deudas?

Entonces ocurrió lo inevitable: Adrián comenzó a gritar, insultar, intentar defenderse, pero cada palabra lo hundía más. Varias personas del personal del hotel se acercaron, listas para intervenir. Y, justo en ese instante, dos agentes de policía llegaron caminando entre los invitados.

Adrián intentó huir, pero uno de los agentes lo sujetó del brazo.
—Señor Adrián Cortés, queda usted detenido.

El murmullo se transformó en un silencio absoluto. Lucía se llevó las manos al rostro, sollozando. Nunca imaginé ver a mi hija romperse así… pero también nunca imaginé que me traicionaría por dinero.

Y entonces supe que la parte más difícil aún estaba por llegar.

La ceremonia había desaparecido por completo. Las flores seguían en su sitio, los violinistas esperaban instrucciones, pero el ambiente era otro: una mezcla de vergüenza, incredulidad y morbo. Los invitados se retiraban poco a poco, algunos murmurando, otros evitando mirarme directamente.

Lucía estaba sentada sola en una silla junto al arco de flores, abrazándose a sí misma. Me acerqué despacio.

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