Perfecto. Ella va a necesitar esto allá en casa. Esas palabras salieron de la boca de mi yerno mientras sostenía un uniforme de empleada doméstica, un uniforme azul con delantal blanco que su madre acababa de regalarle a mi hija Micaela en su propia boda. Vi como los ojos de mi niña se llenaban de lágrimas. Vi cómo apretaba ese uniforme entre sus manos temblorosas. Y algo dentro de mí, algo que había estado dormido por 60 años. Despertó. Me llamo Magdalena Fierro, tengo 60 años y lo que pasó esa noche en el salón de fiestas La Hacienda cambió todo.
Pero para entender lo que hice, necesito que escuches desde el principio, porque hay historias que no se cuentan en una noche. Hay humillaciones que se tejen lentamente con sonrisas falsas y palabras envenenadas. Micaela conoció a Roberto 3 años antes de esa boda. Era enero. Yo estaba preparando café de olla en la cocina cuando ella llegó casi flotando. Mamá, conocí a alguien. Así empezó todo, con esa frase inocente, con esos ojos brillantes que yo no veía desde que era niña.
Roberto venía de una familia de apellido conocido en la colonia del Valle. Su madre, doña Constanza Villarreal, viuda de Méndez, había sido toda su vida la reina de su pequeño reino, una mujer que media a las personas por el tamaño de sus casas y el brillo de sus joyas. La primera vez que la conocí fue en un café de Polanco. Llegó con 30 minutos de retraso. “Ay, discúlpame, Magdalena”, me dijo sin mirarme a los ojos. “Es que mi chóer se confundió de dirección.
Nunca me volvió a llamar por mi nombre. Desde ese día fui simplemente la mamá de Micaela, como si yo no tuviera identidad propia. Mi hija estaba tan enamorada que no veía las señales o tal vez las veía y prefería ignorarlas. “Mamá, Roberto es diferente”, me decía. Él me respeta, me ama y yo quería creerle. Dios sabe que quería creerle. Los meses pasaron. Roberto era educado conmigo, correcto. Pero había algo en su manera de sonreír cuando su madre hablaba, como si compartieran un chiste secreto que el resto del mundo no entendía.
Un día, 6 meses antes de la boda, Micaela llegó a casa más callada que de costumbre. Se sentó en la mesa de la cocina donde siempre habíamos resuelto los problemas de la vida. “Doña Constanza dice que necesito aprender a cocinar mejor”, murmuró sin levarme la mirada. Dice que en su familia tienen un estándar. Sentí que algo frío me recorría la espalda. ¿Y Roberto, ¿qué dijo? Se rió. Mamá, dijo que su madre tenía razón. Esa noche no pude dormir.
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