Cuando lo hacía su voz sonaba apagada. ¿Cómo van las cosas? Bien, mamá. ¿Ya compraron muebles? Algunos. Roberto insiste en que todo sea de cierta marca. Dice que no puede vivir con muebles corrientes. ¿Y tú qué opinas? Opino que no tenemos dinero para muebles de diseñador, pero él no quiere escuchar. Un viernes por la tarde, dos semanas después de que regresaran de la luna de miel, fui a visitarlos sin avisar. Llevaba una olla grande de mole que había hecho el día anterior.
También llevaba tortillas recién hechas de una tortillería cerca de mi casa. Toqué el timbre varias veces antes de que Micael la abriera. Me asusté cuando la vi. Tenía el cabello recogido en una cola descuidada. Llevaba pans y una camiseta vieja. Pero lo que más me alarmó fueron sus ojos. Estaban rojos e hinchados. Mi vida, ¿qué pasó? Nada, mamá, solo estoy cansada. No me mientas. Ella miró hacia atrás, hacia el interior de la casa, y luego bajó la voz.
Roberto no está. Fue a casa de sus padres. ¿Y tú por qué no fuiste? Porque ya no me invitan. Doña Constanza dice que mientras yo viva en esa casa no soy bienvenida en la suya. Sentí la rabia subir por mi garganta como bilis. Esa mujer está bien, mamá. De verdad, prefiero no ir. Cada vez que voy me hace sentir pequeña. Entramos a la casa. Había algunos muebles ya. Un sofá gris en la sala, una mesa de centro de cristal en el comedor, una mesa de madera clara con cuatro sillas.
Todo se veía muy impersonal, como un showroom de mueblería, sin fotografías, sin color, sin vida. ¿Dónde están tus cosas?, pregunté. Tus libros, tus plantas, esas almohadas bordadas que te gustaban tanto? Roberto dice que no van con el estilo de la casa. Roberto dice, Roberto dice, repetí las palabras con amargura. ¿Y qué dices tú? Ella se sentó en el sofá y se abrazó las rodillas. No sé qué decir, mamá. Cada vez que sugiero algo, él lo rechaza. Dice que yo no tengo gusto, que él sabe mejor, porque creció rodeado de cosas bonitas.
Me senté junto a ella y la abracé. Mi amor, esto es tu casa. Tuya, no de él. Si quieres llenarla de almohadas bordadas y plantas y fotografías en marcos de colores, es tu decisión. Pero vivimos juntos. Tengo que considerar lo que él quiere. Considerar no significa anularte completamente. Considerar significa llegar a acuerdos. Significa que a veces las cosas son como tú quieres y a veces como él quiere. No que siempre sea como él quiere. Calentamos el mole en la cocina.
La cocina al menos se veía más usada. Había ollas y sartenes, especias en un organizador, un bote con cucharas de madera. “Al menos aquí me deja hacer lo que quiero”, dijo Micaela con una sonrisa triste. Dice que la cocina es mi territorio. Qué generoso de su parte. No pude evitar el sarcasmo. Comimos juntas en la mesa del comedor. El mole estaba bueno, como siempre. las tortillas calientes y suaves. “Te extraño, mamá”, dijo de repente. “Extraño vivir contigo.
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