Extraño nuestras charlas en la cocina. Extraño que me peinaras antes de dormir. Yo también te extraño, mi vida, pero esta es tu vida ahora. Tu matrimonio, tienes que hacerla funcionar. Y si no funciona, la pregunta quedó flotando en el aire entre nosotras. Entonces tienes opciones. Esta casa, tu educación, tu capacidad. No estás atrapada. Ella asintió lentamente, pero pude ver en sus ojos que no me creía del todo. Roberto llegó cerca de las 7 de la noche. Entró por la puerta con esa actitud de dueño del mundo que yo ya conocía bien.
Magdalena me saludó sin sonreír. No sabía que venías. Traje comida para ustedes. Ya comí en casa de mis padres. Comida de verdad. La implicación estaba clara. Mi mole no era comida de verdad. Me levanté y empecé a recoger los platos. Bueno, yo ya me voy. Los dejo descansar. Micaela me acompañó hasta la puerta. Cuando Roberto no podía escucharnos, le susurré, “Si me necesitas, no importa la hora, me llamas. De acuerdo. De acuerdo, mamá.” La abracé fuerte, muy fuerte.
Te amo. Yo también te amo. En el taxi de regreso lloré. Lloré porque mi hija estaba sufriendo y yo no podía hacer nada. Lloré porque el matrimonio por el que ella había estado tan emocionada se estaba convirtiendo en una jaula. Lloré porque sabía que las cosas iban a empeorar antes de mejorar. Las semanas pasaron. Micaela seguía llamándome, pero cada vez menos cuando hablábamos era breve. ¿Cómo estás? Bien. ¿Cómo va todo con Roberto? Bien. ¿Segura? Sí, mamá, no te preocupes.
Pero yo me preocupaba. Me preocupaba todo el tiempo. Un sábado por la mañana, un mes y medio después de la boda, sonó mi teléfono. Era don Ernesto. Magdalena, necesito hablar con usted. Dígame, don Ernesto. No, por teléfono. ¿Puede vernos hoy? A mí y a mi hija Gabriela. Su hija. Sí, la que mencioné en la boda, la que está en un matrimonio infeliz. Ella quiere conocerla. Quedamos de vernos en una cafetería en la Condesa. Llegué primero, pedí un café americano y me senté junto a la ventana.
Don Ernesto llegó 10 minutos después con una mujer de unos 40 años. Era delgada, con el cabello castaño recogido en un chongo. Vestía elegante, pero se veía cansada. Magdalena, ella es mi hija Gabriela. Gabriela, ella es Magdalena Fierro, la mamá de Micaela. Nos dimos la mano. La de ella estaba fría. “Mucho gusto”, dijo con voz suave. Nos sentamos. Don Ernesto pidió café para él y té para su hija. Mi papá me contó lo que hizo usted, comenzó Gabriela.
“lo de la casa para su hija. Sí, yo yo quisiera que mi madre hubiera hecho algo así por mí. Miré a don Ernesto. Él asintió, animándola a continuar. Gabriela tomó aire profundamente. Llevo 15 años casada con un hombre que me maltrata. No físicamente, nunca me ha puesto una mano encima, pero emocionalmente me ha destruido. Su voz se quebró un poco, se detuvo, tomó un sorbo de té. Cuando me casé, yo trabajaba en la empresa de mi papá.
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