En La Boda, La Suegra Le Dio A Mi Hija Un Uniforme De Empleada. Mi Yerno Rió: “Perfecto” Entonces Yo…

No vendas la casa, pero mamá, no vendas la casa. Dije cada palabra con claridad. Esta casa es tu seguro, es tu libertad, es tu salida. No la vendas. Pero vamos a tener un bebé. Roberto tiene razón. Necesitamos algo más grande. Esta casa tiene tres recámaras. Una para ustedes, una para el bebé y una de visitas. es más que suficiente. Roberto dice que el barrio no es bueno, que San Ángel está muy lejos de todo. Roberto dice siempre Roberto dice, “¿Y tú qué dices, Micaela?

¿Qué quieres tú?” Ella se quedó callada y en ese silencio entendí algo terrible. Mi hija ya no sabía qué quería, ya no sabía quién era. “Escúchame bien”, le tomé las manos. “Sé que estás asustada. Sé que un bebé cambia todo, pero no dejes que el miedo te haga renunciar a lo único que es tuyo. Roberto tiene sus propiedades, tiene su dinero, tiene todo, pero esta casa es tuya, solo tuya. No quiero pelear con él, mamá. Estoy tan cansada de pelear.

Lo sé, mi vida, lo sé. La abracé mientras lloraba. Su cuerpo era más delgado. Podía sentir sus costillas. ¿Has comido hoy? No tengo hambre. ¿Estás al doctor? Roberto quiere que vaya con el ginecólogo de su mamá, un doctor en Polanco. ¿Y tú quieres ir con ese doctor? No lo conozco. Entonces busquemos otro. Uno que tú escojas, uno con el que te sientas cómoda. Roberto va a enojarse. Roberto no es quien está embarazada. Tú sí. Tú decides. Por primera vez en esa conversación vi un destello de algo en sus ojos.

No sé si era esperanza o solo una chispa de la Micaela que yo conocía. Esa noche me quedé a dormir en la casa. Micaela no protestó. Creo que necesitaba compañía. Hice sopa de pollo con verduras. Nada muy pesado. Ella comió poco, pero comió algo. Estábamos viendo televisión cuando Roberto llegó cerca de las 10 de la noche. Magdalena me saludó con ese tono frío que ya era habitual. ¿Qué hace aquí? Vine a ver a mi hija. Ya veo.

Bueno, ya la viste. Ahora puedes irte. Micaela estaba sentada en el sofá muy quieta. Podía ver cómo se tensaba. De hecho, me voy a quedar esta noche. Dije, “Miela no se siente bien y quiero estar aquí. No es necesario. Yo puedo cuidar a mi esposa. Estoy segura de que puedes, pero de todas formas me quedo. Nos miramos fijamente. Era una batalla de voluntades. Roberto”, dijo Micaela con voz temblorosa, “Déjala quedarse, por favor.” Él apretó la mandíbula, luego subió las escaleras sin decir palabra.

“Gracias, mamá”, susurró Micaela. No tienes nada que agradecer. Dormí en la recámara de visitas, o mejor dicho, no dormí. Me quedé despierta escuchando. Escuché cuando Roberto entró a la recámara principal. Escuché sus voces. Él hablaba en un tono bajo pero duro. Ella respondía con monosílabos. No pude escuchar las palabras exactas, pero no necesitaba escucharlas. Conocía ese tono. Era el tono de un hombre que está acostumbrado a salirse con la suya. A las 3 de la mañana escuché que alguien bajaba las escaleras.

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