Señora, algo no está bien. Usted tiene que hacer algo. Lo sé, estoy tratando, pero la verdad era que no sabía qué hacer. No podía obligar a mi hija a dejar a su esposo. No podía obligarla a poner límites. No podía vivir su vida por ella. Solo podía estar ahí esperando, lista para cuando me necesitara y rezando para que no fuera demasiado tarde. Esa noche, antes de dormir, saqué las escrituras de la casa, las leí otra vez, cada palabra, cada cláusula.
La casa estaba a nombre de Micaela, solo de Micaela. Roberto no tenía ningún derecho legal sobre ella. Pero los derechos legales no importan cuando alguien te ha convencido de que no tienes derecho a tener derechos. Y eso era exactamente lo que Roberto estaba haciendo, convenciendo a mi hija de que ella no merecía tener algo propio, de que ser una buena esposa significaba renunciar a todo, de que el amor verdadero era sacrificio total. Guardé los papeles y apagué la luz.
Afuera empezó a llover una de esas lluvias fuertes que anuncian tormenta. Y yo, acostada en mi cama pensaba en mi hija, en mi nieta o nieto que venía en camino, en el futuro que se veía cada vez más oscuro, y me preguntaba si todo lo que había hecho había servido de algo o si solo había lo inevitable. Pasaron dos meses más. Dos meses en los que apenas vi a mi hija. Dos meses en los que cada llamada telefónica era más corta que la anterior.
Dos meses en los que sentí que la estaba perdiendo. Micaela ya tenía 4 meses de embarazo. Su panza apenas empezaba a notarse. Yo solo lo sabía porque una tarde logré convencerla de que nos viéramos para ir de compras. “Necesitas ropa de maternidad”, le había dicho por teléfono. Roberto dice que todavía es muy pronto. Roberto no es quien está embarazada. Ven, vamos a comprar algunas cosas lindas”, aceptó con esa voz cansada que ya me era tan familiar. Nos encontramos en una plaza comercial en la zona rosa.
Cuando la vi llegar, tuve que controlar el impulso de llorar. Estaba muy delgada. Su rostro se veía demacrado. Tenía ojeras profundas. El cabello, que siempre había sido su orgullo, estaba opaco y sin vida. “Mi amor”, la abracé fuerte. “Hola, mamá. Entramos a una tienda de maternidad. Había vestidos bonitos, coloridos, cómodos. Empecé a sacar opciones. Mira este azul. Te encantaría y este amarillo. Imagínate con el cabello suelto. Mamá, no, ¿qué? No puedo comprar colores. Roberto prefiere que use negro o gris.
Dice que es más elegante. Micaela, vas a ser madre. No vas a un funeral. Ya lo sé, pero es más fácil así, sin discusiones. La dependienta nos miraba con curiosidad. Fingí no darme cuenta. Terminamos comprando tres vestidos, todos negros, todos sin vida. Como mi hija se había vuelto, fuimos a tomar algo a una cafetería en la plaza. Ella pidió té de manzanilla, “Café. ¿Cómo te has sentido? Náuseas, mareos.” Al principio sí. Ahora ya mejor. ¿Has sido al doctor?
Sí. Con el ginecólogo que recomendó doña Constanza. ¿Y qué tal? ¿Te gusta? ¿Te sientes cómoda con él? Es profesional esa palabra, profesional, no amable, no comprensivo, profesional. Roberto va contigo a las citas a veces, cuando puede. Dice que su trabajo es muy demandante, pero el trabajo de ser esposo también es demandante, especialmente cuando tu esposa está embarazada. Ella no dijo nada, solo removió el té con la cucharita una y otra vez. un gesto nervioso que nunca había tenido antes.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
