Mamá, ¿qué es esto? Léelo en voz alta, “Mi amor”, le dije. Mi voz salió más tranquila de lo que me sentía por dentro. Ella tragó saliva, las lágrimas seguían cayendo, pero ahora por una razón diferente. Escritura de propiedad. Comenzó a leer con voz temblorosa. Casa ubicada en calle Retorno de las Magnolias número 43, colonia San Ángel. Propietaria Micaela Sofía Fierro Estrada. El silencio en el salón era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Doña Constanza había perdido toda la compostura.
Su rostro, siempre tan cuidadosamente maquillado, se había puesto pálido y luego rojo. Muy rojo. ¿Qué significa esto?, preguntó Roberto. Ya no sonreía. Significa, dije mirándolo directamente a los ojos, que mi hija tiene su propio techo, su propia casa, a su nombre, solo a su nombre. Micaela seguía leyendo el segundo documento. Sus labios se movían en silencio. Y esto, mamá, esto es una procuración. Sí, mi vida. Una procuración que establece que esa casa es tuya y solo tuya, que nadie puede reclamar derecho sobre ella, ni siquiera tu esposo.
Necesito que entiendas algo. Yo no soy una mujer rica, nunca lo he sido. Trabajo desde los 16 años, primero en una papelería de mi tío, luego en la secundaria del barrio como secretaria, después como administradora. Cada peso que he ganado en mi vida lo he sudado, lo he trabajado con mis propias manos. Pero hay cosas que el dinero no puede comprar. La dignidad, por ejemplo, el respeto, la certeza de que tu hija no va a depender de nadie para tener un lugar donde dormir.
La casa que compré no era una mansión, era una casa sencilla de tres recámaras, con un pequeño jardín y una fuente en el patio, pero era de ella, completamente de ella. No entiendo”, dijo Roberto. Su voz había cambiado. Ya no era el yerno educado y correcto. Era un hombre que acababa de darse cuenta de que algo no estaba saliendo según sus planes. ¿Por qué haría algo así? ¿No confía en mí? Me acerqué a él muy despacio. Lo miré como solo una madre puede mirar al hombre que está a punto de lastimar a su hija.
No se trata de confianza, Roberto. Se trata de que mi hija nunca tenga que usar ese uniforme que tu madre le regaló. Se trata de que si algún día decide que ya no quiere estar en un lugar donde la humillan, tenga a dónde ir. Doña Constanza finalmente encontró su voz. Esto es un insulto, un insulto a nuestra familia. Su voz aguda retumbó en el salón. Algunas personas empezaron a murmurar. Está insinuando que mi hijo no va a cuidar bien de su esposa.
No estoy insinuando nada, señora Villarreal. Solo estoy asegurándome de que mi hija tenga opciones. Los invitados comenzaron a hablar entre ellos, algunos con aprobación, otros escandalizados. El primo de Roberto, el que siempre había sido amable conmigo, me hizo un pequeño gesto de asentimiento desde su mesa. El padre de Roberto, don Ernesto, que había estado callado toda la noche, se levantó pesadamente de su silla. Era un hombre mayor de 72 años, con ese aire de autoridad que dan los años de mandar en una empresa.
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