En La Boda, La Suegra Le Dio A Mi Hija Un Uniforme De Empleada. Mi Yerno Rió: “Perfecto” Entonces Yo…

Me asomé. Desde ahí se veía la fuente del patio. Se escuchaba el agua corriendo suavemente. Cerré los ojos e imaginé a Micaela sentada ahí en las mañanas tomando café, escuchando el agua. En paz me la llevo. Dije, el proceso legal fue complicado. El abogado, el licenciado Mendoza, era un hombre meticuloso. Señora Fierro, necesito que entienda algo muy importante. Si hacemos la escritura solo a nombre de su hija y luego hacemos la procuración especial que me está pidiendo, eso significa que aunque ella se case, la casa seguirá siendo solo de ella.

El esposo no tendrá ningún derecho sobre la propiedad. Eso es exactamente lo que quiero. Es poco usual. Puede causar tensiones en el matrimonio. Licenciado, lo miré directamente. Si causa tensiones, entonces era el matrimonio equivocado desde el principio. Él asintió lentamente. Entiendo. Procederemos como usted indica. Firmé todos los papeles, pagué todos los gastos notariales. Cada firma era un acto de amor, cada sello era una promesa. La noche antes de la boda no pude dormir. Me levanté a las 3 de la mañana y fui a la cocina.

Preparé café de olla, como me enseñó mi madre, con canela y piloncillo. Me senté en la mesa, esa misma mesa donde Micaela había llorado cuando doña Constanza le dijo que necesitaba aprender a cocinar mejor. Saqué los documentos de mi bolsa, los desdoblé con cuidado, leí cada línea otra vez, aunque ya me la sabía de memoria. “Espero estar haciendo lo correcto”, susurré a la oscuridad. “Espero que algún día entienda por qué hice esto.” Afuera, en la calle, un perro ladraba a la distancia.

El reloj de la sala marcó las 3:30. Doblé los papeles otra vez, los metí en el sobre de terciopelo azul que había comprado especialmente para esto y esperé a que amaneciera. Mientras cuento todo esto, pienso en dónde estarás escuchándome. Escribe el nombre de tu ciudad en los comentarios. Después de que don Ernesto dijera esas palabras sobre su propia hija, el salón quedó dividido. Había quienes me miraban con admiración. Otras personas, especialmente las amigas de doña Constanza, me lanzaban miradas de desprecio.

Roberto se había alejado de nosotras. Estaba en una esquina con su madre hablando en voz baja, pero con gestos bruscos. Ella movía las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible. Él asentía. Asentía mucho. Micaela seguía abrazada a mí. Podía sentir como temblaba. No sé si era de alegría o de miedo. Tal vez de ambas. Mamá, no sé qué decir. No digas nada, mi vida. Solo prométeme que nunca vas a olvidar que tienes ese lugar, que siempre, siempre vas a tener un techo que es tuyo.

Ella asintió contra mi hombro. Sus lágrimas mojaban la tela de mi vestido color vino. La banda empezó a tocar otra vez, tratando de recuperar el ambiente festivo, pero era inútil. El daño ya estaba hecho, o mejor dicho, la protección ya estaba en su lugar. El tío Armando, hermano de mi difunto esposo, se acercó a nosotras. Era un hombre de casi 70 años con bigote blanco y ojos que siempre parecían estar sonriendo. “Magdalena”, me dijo en voz baja.

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