En La Boda, La Suegra Le Dio A Mi Hija Un Uniforme De Empleada. Mi Yerno Rió: “Perfecto” Entonces Yo…

La tía Lucía tiene vergüenza. No debería tenerla, pero la tiene. Así somos las mujeres de nuestra generación. Nos enseñaron que el fracaso de un matrimonio es culpa de la esposa, que si un hombre se va es porque nosotras no fuimos suficiente. Eso es horrible, mamá. Lo sé, mi vida. Por eso quiero que tú seas diferente. Que nunca aceptes ser tratada como menos. Que nunca dependas completamente de nadie. Nos abrazamos. Lloré otra vez. Parecía que no iba a parar de llorar esa noche.

Cuando bajamos, Roberto ya estaba esperando junto al coche un BMW negro que su padre le había regalado. Doña Constanza se acercó para despedirse. Ya había recuperado su compostura. Estaba perfectamente peinada, perfectamente maquillada, perfectamente furiosa. Micaela, hija, le dijo con una voz dulce que no engañaba a nadie. Espero que disfrutes tu luna de miel. Cuando regreses. Tenemos que hablar sobre arreglos, sobre dónde van a vivir. Ya tenemos donde vivir, suegra, respondió Micaela. Su voz sonaba más segura. Ahora tengo una casa.

Una casa que tu madre compró para controlarte. Una casa que mi madre compró para protegerme. Hay una diferencia. Doña Constanza apretó los labios hasta formar una línea delgada. Luego se volteó hacia mí. Usted es una mujer muy lista, Magdalena. Muy lista. Pero esto no se va a quedar así. No era mi intención que se quedara de ninguna manera, señora Villarreal. Solo era mi intención proteger a mi hija. La protegió de mi familia como si fuéramos sus enemigos.

No la protegí de su familia, la protegí de la vulnerabilidad. Hay una diferencia. Nos miramos durante largo rato. Dos mujeres de generaciones similares, dos madres, pero con visiones completamente opuestas del mundo. Roberto tocó el clon. Estaba impaciente por irse. Micaela me abrazó una última vez. Te amo, mamá. Gracias. Yo también te amo, mi vida. Llámame cuando llegues. Vi como el BMW negro se alejaba. Las latas atadas al parachoques hacían ruido contra el pavimento. Dentro alcancé a ver a Roberto diciéndole algo a Micaela.

Ella miraba por la ventana. Me quedé parada en la entrada del salón hasta que las luces del coche desaparecieron completamente. “Hiciste lo correcto”, me dijo el tío Armando poniéndome una mano en el hombro. “Espero que sí.” Lo hiciste. Ya verás. Esa noche regresé sola a mi departamento, un departamento pequeño de dos recámaras en la colonia Narbarte. Las paredes estaban llenas de fotografías de micaela, de bebé, de niña, de adolescente, en su graduación de la universidad y ahora casada.

Me senté en el sofá con una taza de té de tila. No podía dormir. Seguía pensando en todo lo que había pasado, en la cara de Roberto cuando vio los documentos, en las palabras de doña Constanza, en la firmeza nueva en la voz de mi hija. A las 2 de la mañana sonó mi teléfono. Era Micaela. Mamá, ya llegamos al hotel. ¿Cómo estuvo el vuelo? Silencio del otro lado. Luego, Roberto está enojado. No me ha hablado desde que salimos del salón.

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