—“Firma. Estoy harto de tu cara de pueblerina.”
Las palabras de Javier Molina cayeron como un golpe seco sobre la mesa de caoba. Los papeles del divorcio se deslizaron hasta quedar justo frente a mí, manchando aquella cena familiar de domingo en la lujosa finca de los Molina, a las afueras de Madrid.
Mi suegra, Beatriz Molina, levantó su copa de vino con una sonrisa venenosa.
—Mi hijo es director general ahora. Merece algo mejor que una mujer sin clase ni ambición.
Yo, Ana Torres, me quedé mirando los documentos. No porque no entendiera lo que estaba pasando, sino porque buscaba, inútilmente, un resto del hombre al que había apoyado durante diez años. El hombre por el que renuncié a mi propia carrera. No lo encontré.
Javier se recostó en la silla, satisfecho.
—No te llevarás nada. Bastante hicimos al sacarte de ese pueblo insignificante.
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