El silencio se hizo pesado.
Javier frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Levanté la vista por primera vez. Lo miré directamente a los ojos.
—Dime, Javier… ¿sabes quién aprobó tu puesto de director general?
Él soltó una carcajada nerviosa.
—No digas tonterías.
Apoyé el teléfono sobre la mesa con suavidad.
—Lo que digo es que tu cargo existe porque yo lo autoricé.
La sonrisa de Javier se congeló. Beatriz dejó caer la copa, que se hizo añicos en el suelo.
—¿Qué… qué estás diciendo? —balbuceó él.
Me incorporé lentamente.
—Estoy diciendo que la empresa que presumes dirigir… es mía.
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