Les expliqué, sin dramatismo, lo que jamás se molestaron en preguntar durante nuestro matrimonio. Tras la muerte de mi padre, Álvaro Torres, un inversor discreto pero influyente, heredé no solo dinero, sino el control de un fondo tecnológico. Ese fondo compró, de forma gradual y silenciosa, la mayoría de las acciones de la empresa donde Javier trabajaba.
—Cuando el consejo necesitó un director manejable —continué—, propuse tu nombre. Creí que te lo merecías.
Beatriz se dejó caer en la silla.
—¿Tú… tú pusiste a mi hijo ahí?
—Yo lo puse —afirmé—. Y yo lo quito.
Javier se acercó, desesperado.
—Ana, espera… podemos hablarlo. Esto es personal, no profesional.
Sonreí por primera vez.
—No. Lo personal terminó cuando me humillaste. Esto es solo negocios.
Horas después, el consejo de administración se reunió de urgencia. Javier fue destituido oficialmente esa misma noche por “pérdida de confianza”. Sus cuentas fueron congeladas hasta aclarar ciertas irregularidades que, casualmente, yo conocía muy bien.
El divorcio siguió adelante, pero ya no en los términos que él había dictado. El acuerdo prenupcial que él ignoró jugaría ahora en su contra.
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