En la fiesta de la fusión de empresas de mi hermano, él levantó su copa y rió: «Esta es mi hermana: sin carrera estable, sin futuro, solo una obrera... y embarazada de quién sabe quién». Todos estallaron en carcajadas, incluso nuestros padres. Yo no me inmuté. Sonreí, levanté mi copa y dije: «Felicidades... porque es la última vez que me verán». Luego me di la vuelta y me fui. La sala quedó en completo silencio. Y así empezó todo.
Nunca imaginé que una fiesta elegante, con copas de cristal y sonrisas falsas, marcaría el comienzo del mayor cambio de mi vida.
Me llamo Clara Morales, tengo treinta y dos años, y esa noche asistí a la celebración de la fusión de la empresa de mi hermano Alejandro con un poderoso grupo internacional.
Todo olía a éxito, a dinero nuevo, a promesas que no eran para todos.
Estaba embarazada de cinco meses, con un vestido sencillo, consciente de que no encajaba en ese mundo de trajes caros y discursos vacíos.
Alejandro siempre fue el hijo perfecto. Yo fui quien eligió trabajar con mis manos, quien no siguió una carrera "respetable".
Cuando levantó su copa y me señaló, supe que algo andaba mal. Se rió y dijo a gritos que yo era su hermana sin futuro, obrera de fábrica y embarazada de quién sabe quién.
Las risas estallaron a mi alrededor. Vi a mis padres reír también, nerviosos, como si así evitaran sentirse culpables. Sentí vergüenza, rabia y una claridad absoluta a la vez.
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