En la fiesta de la fusión de las empresas de mi hermano, él levantó su copa y se rió: “Esta es mi hermana: sin carrera estable, sin futuro, solo una trabajadora manual… y embarazada de quién sabe quién”.

Algunos límites duelen, pero son necesarios. A los ocho meses de embarazo, Manos Reales ya empleaba a diez mujeres. No éramos ricos, pero éramos libres.

El día que nació mi hijo Mateo, recibí flores sin remitente. Nunca supe si eran de Alejandro o de Daniel.

No importaba. Había aprendido a no buscar validación donde no la había. Observé a Mateo dormir y comprendí que el verdadero éxito no consistía en demostrarles nada, sino en no volver a perderme.

Sin embargo, la historia no había terminado.
Un año después, la cooperativa firmó un contrato con una cadena de tiendas responsables en varias ciudades españolas.

El crecimiento fue controlado, sin traicionar nuestros valores. Empezaron a invitarnos a charlas y mesas redondas sobre trabajo decente.

Una tarde, recibí una sorpresa.

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