La boda terminó pasada la medianoche, entre luces cálidas, copas de cristal y risas que aún resonaban cuando subimos al coche rumbo a la casa de los padres de Daniel.
Yo estaba agotada, pero feliz. Había soñado con ese día desde que él me pidió matrimonio bajo la lluvia, y aunque hubo tensiones durante la organización, nada parecía ensombrecer nuestro futuro.
Apenas llegamos, su familia nos recibió entre abrazos. Todo parecía perfectamente normal… hasta que la casa fue quedándose en silencio.
Daniel subió a nuestra habitación para cambiarse y yo me quedé unos minutos abajo, intentando retirar el maquillaje en el baño junto al salón.
Cuando salí, el padre de Daniel estaba esperándome en el pasillo. Creí que quería darme algún mensaje amable, quizá un consejo matrimonial típico. Pero su expresión… su expresión tenía algo que me heló la sangre.
Se acercó sin decir una palabra. Yo sentí un impulso de retroceder, pero me obligué a sonreír.
—¿Pasa algo, señor Ramírez? —pregunté con un nudo en la garganta.
No respondió. En cambio, deslizó discretamente un sobre en mi mano y, sin apartar sus ojos de los míos, murmuró con voz ronca, casi imperceptible:
—Si quieres seguir viva… vete ahora.
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