—Cree que yo soy el siguiente —interrumpió Daniel—. Y cree que si alguien debe morir esta noche… no debería ser tú.
El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.
—No —murmuré, retrocediendo—. Esto no tiene sentido. No puede ser real. Tú estás inventando esto, estás—
—¿Crees que quiero que tengas miedo? —dijo él, acercándose un paso, aunque sin tocarme—. Mi padre te dio dinero porque… porque él está convencido de que si me casaba, la maldición reclamaría otra vida. Y prefiere sacrificarme a mí antes que a ti.
Mis manos temblaban tanto que casi dejé caer el sobre.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Tú qué crees?
Daniel bajó la mirada.
Y cuando respondió, su voz se quebró:
—Creo… que algo va a pasar antes del amanecer.
Un silencio aterrador se apoderó de la habitación.
—Por eso quería que confiaras en mí —continuó—. No quiero hacerte daño. Solo quiero que… si algo ocurre… no estés sola. Que estés conmigo.
Una ráfaga de viento golpeó la ventana. O tal vez fue otra cosa. Algo más pesado. Más cercano.
Daniel se volvió hacia el ruido lentamente.
Yo apreté el sobre contra mi pecho.
Él murmuró:
—Ya empezó.
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