En la noche de bodas, mi suegro me deslizó en la palma de la mano un sobre con 5.000 dólares y susurró: «Si quieres seguir con vida, vete ahora mismo». Me quedé paralizada, como si el suelo se hubiera derrumbado bajo mis pies……


aceptación.

—Alguien muere esta noche —susurró—. Y no vas a ser tú.

La puerta estalló hacia adentro, como si hubiera sido golpeada por algo imposible, algo que no tenía forma humana. Una ráfaga de aire helado entró en la habitación.
Yo grité.
Daniel me empujó hacia la ventana.

—¡Corre!

Apenas pude reaccionar. Corrí. Abrí la ventana con las manos temblorosas. El frío me arañó la piel. El jardín estaba oscuro, pero era libertad.
Me volví para ayudarlo… pero Daniel ya estaba de frente a aquello que había entrado, esa sombra imposible, alta, amorfa, de ojos demasiado brillantes para ser humanos.

—Daniel… —susurré.

Él esbozó una sonrisa triste.

—Te amo.

Y la sombra se abalanzó.

El sonido que siguió fue un rugido seco, violento, que desgarró la habitación.
Yo salté. Caí sobre el césped húmedo.
Corrí descalza, sin mirar atrás, mientras el cielo empezaba a clarear por el horizonte.

Cuando crucé la verja de la propiedad, escuché un último estallido dentro de la casa.
Y luego… silencio.

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