Lo miré. El hombre al que decía amar. El hombre con el que acababa de casarme… ¿podía ser un peligro?
Quise preguntarle, pero algo dentro de mí —quizá el miedo, quizá el instinto— me obligó a sonreír como si nada.
—Sí… solo estoy cansada —respondí.
Pero mientras él me tomaba de la mano y me guiaba hacia la habitación, yo solo podía pensar en una cosa:
¿Debo confiar en él, o debo huir antes del amanecer?..”
Cuando entramos en la habitación, Daniel dejó caer su chaqueta sobre una silla y empezó a desabotonarse la camisa. Yo lo observaba en silencio, intentando descifrar cualquier gesto extraño, cualquier sombra oculta que pudiera justificar aquella advertencia.
Pero él parecía… normal. Tranquilo. Incluso feliz.
—Amor, ¿quieres que te ayude con el vestido? —preguntó con una sonrisa cansada.
Asentí. No confiaba en mi propia voz.
Mientras sentía sus manos en mi espalda, deshaciendo los botones, un nudo de angustia se me instaló en el pecho. Cada roce me hacía preguntarme si de verdad conocía a aquel hombre. Si su familia ocultaba algo. Si su padre se había vuelto loco… o si era el único cuerdo en esa casa.
Cuando por fin me liberó del vestido, fui al baño con el corazón latiendo con violencia. Cerré la puerta con seguro y me apoyé en el lavamanos, intentando recuperar el aliento.
Saqué el sobre del bolsillo y volví a contar los billetes. Estaban intactos. Reales.
Mi suegro no estaba jugando.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
