—Confía en mí, ¿sí?
Lo miré. Y por primera vez en años… no supe qué responder.
Me desperté sobresaltada horas después, con el corazón acelerado. Hubo un sonido seco, como un portazo lejano. Miré el reloj: 4:12 a.m.
Daniel seguía dormido profundamente.
Tomé el sobre con los 5.000 dólares y me acerqué a la puerta. Dudé. La toqué con la mano… y descubrí algo que me heló la sangre:
estaba cerrada con llave por fuera.
Intenté girar la perilla varias veces, sin éxito.
—No puede ser… —susurré, sintiendo cómo el pánico me trepaba por la garganta.
Retrocedí, tropecé con la cama y Daniel abrió los ojos al instante. Demasiado rápido.
Demasiado alerta.
—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose.
—La puerta… —balbuceé—. Está cerrada.
Él frunció el ceño, se levantó y probó la perilla. Luego golpeó la puerta dos veces, con calma, como si aquello no fuera extraño en absoluto.
—Debe ser que mis padres la cerraron por seguridad. No les gusta dejar puertas sin seguro durante la noche.
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