El silencio que siguió fue tan espeso que sentí que me ahogaba.
Di un paso hacia atrás, buscando algo con qué defenderme, cualquier cosa.
Daniel ladeó la cabeza.
—¿Estás pensando en huir?
Mi garganta se cerró.
Él avanzó otro paso.
—No te preocupes —susurró—. Todavía tienes tiempo… antes del amanecer.
Y entonces lo supe.
Lo que fuera que ocurriera en esa casa…
esa advertencia no había sido un error.
Retrocedí hasta sentir el frío de la pared contra mi espalda. Daniel seguía avanzando, despacio, como si temiera que un movimiento brusco me hiciera estallar en mil pedazos. Su voz, en cambio, seguía siendo suave… demasiado suave.
—No quiero asustarte —dijo.
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