Esa noche en mi suite del hotel recibí 23 llamadas perdidas. No contesté ninguna. En cambio, llamé al licenciado Hernández. ¿Cómo va todo con la herencia?, me preguntó. Perfectamente. Tengo una pregunta. Tía Esperanza dejó alguna carta más. De hecho, sí. Dejó instrucciones específicas para dársela después de su primera confrontación con la familia. ¿Puede traérme mañana? Por supuesto. Al día siguiente, el abogado me trajo un sobre sellado. La letra de tía Esperanza era elegante como siempre. Querida Had, leía la carta.
Si estás leyendo esto, significa que finalmente enfrentaste a esa familia tóxica. Probablemente te dijeron que eras cruel, inhumana, que habías cambiado. No les creas. Por primera vez en tu vida estás siendo justa contigo misma. El dinero no te cambió, mi niña. Te liberó. Sonreí. Doblé la carta y la guardé en mi bolsa. Tía Esperanza había estado en lo cierto, sobre todo. Tres meses después de la reunión familiar, las cosas comenzaron a cambiar. Roberto consiguió un trabajo en un almacén.
No era glamoroso, pero llegaba puntual todos los días. Carmen había mejorado su rendimiento en la oficina, aunque todavía la supervisaba de cerca. Miguel encontró trabajo como vendedor de seguros. Su salario era la mitad de lo que ganaba antes, pero al menos trabajaba honestamente. Papá fue el más resistente. Pasó dos meses quejándose antes de aceptar un trabajo de medio tiempo como conserje en una escuela. Mamá finalmente consiguió trabajo limpiando oficinas por las noches. Un viernes por la tarde, Carmen entró a mi oficina.
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