Tenía negocios prósperos que ayudaban a otras personas. Tenía una vida llena de relaciones genuinas, pero lo más importante, tenía respeto por mí misma. La herencia de Tía Esperanza no había sido solo dinero y propiedades, había sido la lección más valiosa de mi vida, que yo merecía ser tratada con dignidad y que tenía el poder de exigir ese trato. Había tardado 31 años en aprenderlo, pero al final había valido la pena cada momento de dolor y crecimiento. Esa noche, mientras cenaba con Carmen y David, rodeada de risas y conversación genuina, me di cuenta de que finalmente tenía la familia que siempre había querido.
una familia que me elegía a mí, tanto como yo los elegía a ellos, y eso no tenía precio.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
