Esa vacilación fue un golpe en el pecho. Yo había imaginado el matrimonio como un equipo, como dos personas que se defendían mutuamente. Pero allí estaba él, atrapado entre el deseo de no contrariar a su madre y la responsabilidad que acababa de asumir conmigo.
Finalmente, dijo:
—Mamá, mejor regresa a tu mesa. Están todos tus amigos allá.
La incomodidad se volvió palpable. Lucía entrecerró los ojos, herida en su orgullo.
—¿Me estás echando? —preguntó en voz alta, con un tono calculado para que todos escucharan.
Daniel tragó saliva.
—No te estoy echando. Solo… es nuestro lugar, ¿sí? El de la pareja.
Ella soltó una carcajada amarga.
—Ah, claro. Ahora que te casaste ya no te importa lo que yo sienta.
Un murmullo se elevó entre los invitados. Algunas tías movieron la cabeza con desaprobación. Un tío comentó en voz baja: “Esto es ridículo”.
Yo me mantuve en silencio, pero mi corazón golpeaba fuerte. No quería convertir mi boda en un espectáculo, pero Lucía parecía empeñada en lograr exactamente eso.
—Lucía —intervino finalmente mi padre, poniéndose de pie desde su mesa—. Hoy se celebra un matrimonio. No es momento para competir por protagonismo.
Ella lo fulminó con la mirada.
—No estoy compitiendo. Solo quiero recordarles a todos quién ha estado siempre ahí para Daniel.
En ese punto, la tensión había alcanzado un límite que ya no podía sostenerse. Me levanté despacio y retiré mi silla un poco hacia atrás. Sentía que si seguía allí, atrapada, explotaría.
—Voy a tomar un poco de aire —anuncié.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Espera, voy contigo.
Lucía lo agarró del brazo como una garra.
—¿En serio la vas a dejar arruinar tu boda? —le susurró, pero todos lo oímos.
Yo me detuve. Algo en mí se quebró… o tal vez se arregló. Una claridad extraña se apoderó de mí. No iba a llorar en el estacionamiento. No iba a huir de mi propia boda.
Me giré de nuevo hacia ambos.
—No estoy arruinando nada —dije con calma—. Solo quiero saber dónde está mi lugar en todo esto. Porque si va a ser detrás de tu madre, prefiero saberlo hoy y no dentro de diez años.
Los invitados guardaron silencio. Incluso la música de fondo parecía haber bajado.
Daniel, presionado, finalmente habló con firmeza:
—Mamá, basta. Ya causaste suficiente.
Y entonces Lucía, sintiéndose acorralada, pronunció la frase que nadie esperaba, la que cambiaría el tono de la noche por completo:
—“Si te vas con ella, no cuentes más conmigo.”
Los susurros estallaron como un enjambre.
Daniel se quedó helado.
Yo también.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
