—Necesito aire —dijo—. No puedo creer esto.
Salió caminando rápido, casi corriendo, hacia la salida del salón.
Cuando desapareció detrás de la puerta, el ambiente quedó suspendido unos segundos… y después empezó a relajarse. Poco a poco las voces regresaron, primero tímidas, luego naturales. La música subió. Los invitados retomaron la cena.
Daniel se volvió hacia mí. Sus ojos estaban llenos de culpa, pero también de una determinación nueva.
—Lo siento —dijo—. No debió pasar nada de esto. Tendría que haberla detenido antes.
Tomé su mano.
—Lo importante es que lo hiciste —respondí—. Hoy.
Él asintió, casi aliviado.
—¿Sigues queriendo estar conmigo? —preguntó con un humor tímido.
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