—Claro —sonreí—. Aunque quizá deberíamos sentarnos… juntos esta vez.
Él rió y movió la silla para volver a mi lado, dejando el espacio vacío donde su madre había intentado interponerse. Ese gesto, simple pero simbólico, fue suficiente para que sintiera que algo había cambiado de verdad.
La noche continuó, esta vez con conversaciones sinceras y un ambiente más ligero. Algunas tías se acercaron a decirme que había sido valiente. Mi padre me abrazó con orgullo. Y Daniel no se separó de mí en toda la velada.
Lucía, finalmente, regresó al salón al final de la noche. No hizo un escándalo. No pidió disculpas. Pero su mirada era distinta: menos altiva, más cautelosa. Supo que algo había cambiado para siempre.
