"Disculpen, está enferma y a veces sus palabras se salen de control. Padre, continúen, por favor. Sus palabras no valen nada".
"¡Pero si no estoy enferma!", exclamó mi suegra indignada.
"Claro, claro, todo bien. Es solo que se te olvidó la dosis", respondí con una sonrisa amable. "Hablamos de eso más tarde".
Desconcertada, finalmente regresó a su asiento. La ceremonia se reanudó y nos casamos. Ese día aprendí una lección esencial: en momentos críticos, mantener la calma puede salvar la felicidad.
¿Quieren que potencie aún más el dramatismo y la teatralidad de la escena para convertirla en una versión más novelesca, o debería mantener este tono realista y vívido, como un relato de primera mano?
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