Los tres nos giramos al mismo tiempo.
—¿Quién…? —empecé.
El joven abrió la puerta con cautela.
Avery estaba allí. Mi hermana. Pálida. Temblando. Sus ojos, rojos de llorar.
—Camila… —sollozó—. Tienes que venir. Mamá… mamá está diciendo cosas rarísimas. Dice que tú nunca te mudaste aquí. Que esto —señaló el apartamento entero con la mano temblorosa— es suyo. Que tú… que tú no existes.
El mundo se me inclinó.
—¿Qué? —susurré.
—Dice que tú eres una invención —continuó Avery, frenética—. Que solo tuvo una hija. Que yo soy la única. Que tú eres… una fase. Una copia. Algo que “se fue hace años”.
Los policías quedaron mudos.
Yo también.
Avery buscó mi mano con desesperación… pero su mirada se torció apenas la toqué, como si un escalofrío la recorriera.
—Camila… —susurró—. ¿Por qué… por qué estás tan fría?
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