Los oficiales dieron un paso atrás.
Yo di dos hacia adelante sin sentir mis piernas. Mi cuerpo se movía, sí, pero el suelo ya no respondía igual bajo mis pies. Como si no fuera del todo mío.
—Avery —dije, apenas audible—, claro que existo. Estoy aquí.
La luz del apartamento parpadeó.
Solo una vez.
Pero suficiente para que los policías llevaran la mano a sus cinturones.
Y entonces, el oficial alto murmuró algo que me atravesó más hondo que cualquier ausencia, cualquier abandono.
—Señorita Reed… nuestras cámaras corporales no le están captando la cara.
Ni mi cara.
Ni mi silueta.
Ni nada.
Solo… un espacio vacío.
Detrás de mí, lentamente, el diploma aún envuelto en plástico cayó al suelo por su propio peso.
Y sonó como un golpe seco en un apartamento donde, de pronto, comprendí que quizá la única cosa que nunca había tenido… era un lugar real al que llamar yo.
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