En su noche de bodas, el marido trajo a su amante e hizo que su esposa se arrodillara y presenciara su acto sexual. Una hora después, la esposa les desató un infierno a ambos. La noche de bodas debería haber sido el comienzo de la felicidad, pero para Elena Morales ese día fue el infierno mismo. Su marido, Adrián Serrano, no solo trajo a su amante la noche de su boda, sino que la obligó a arrodillarse y observar cómo consumaban su pasión en el mismísimo lecho nupsial.
Sin embargo, una hora después, aquel hombre que creía tener el derecho a la venganza, ni siquiera podía imaginar que la presa que despreciaba se transformaría en la más implacable de las depredadoras, infligiéndole a él y a su amante un dolor peor que la muerte. Las innumerables luces de Madrid bordaban la noche con un esplendor deslumbrante, como una vía láctea lujosa y artificial. En la suite presidencial del hotel Palace, el hotel más prestigioso de Madrid, residía otra clase de belleza, la del comienzo y la felicidad.
Elena Morales estaba sentada en silencio al borde de la cama. Sus manos descansaban pulcramente sobre el vestido de novia de seda pura, una obra maestra de artesanía con intrincados bordados. Los hilos de plata que parecían florecer desde el dobladillo del vestido eran tan elegantes y nobles que parecían tener vida propia. La habitación estaba impregnada del dulce aroma de las rosas blancas y las velas aromáticas. Sentía un ligero mareo, quizás por la copa de vino que había bebido sola hacía un momento.
Hoy era el día de su boda, el día en que se convertía oficialmente en la esposa de Adrián Serrano, un hombre al que amaba con toda su alma y su razón, a quien conocía desde hacía dos años y amaba desde hacía uno. Su amor no era un fuego abrasador, sino una corriente constante y cálida como un río. Él era el joven, brillante y caballeroso director del grupo serrano, un hombre perfecto a los ojos de todos, y lo más importante, siempre la había tratado con respeto y ternura.
Sonrió, acariciando suavemente las frías sábanas de seda con sus largos y delgados dedos. Desde la ceremonia hasta esta suite nupsial, todo había sido perfecto. Solo faltaba que Adrián regresara después de atender a los invitados para que su matrimonio perfecto comenzara oficialmente. El tiempo pasaba con una lentitud exasperante. La cera de las velas se había endurecido, el vino sobre la mesa se había enfriado y el reloj pasó de las 11 a marcar las 12 de la noche. La feliz espera se fue desvaneciendo, dando paso a una inquietud sin nombre.
cogió su teléfono para llamarlo, pero se contuvo. Estaría muy ocupado. No quería molestar. Clic. Un sonido agudo rompió el silencio y la puerta se abrió. Elena se levantó con alegría, una sonrisa radiante iluminando su rostro. Él había vuelto, pero su sonrisa se congeló al instante ante la escena que tenía delante. Adrián había entrado, pero no estaba solo. A su lado, o más bien agarrada cariñosamente de su brazo, estaba Lucía Jiménez. su mejor amiga Lucía llevaba un ceñido vestido lencero negro que revelaba cada curva de su cuerpo.
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