En mi noche de bodas, mi esposo trajo a su amante y me obligó a mirarlos. Lo que descubrí una hora después lo cambió todo.

Los observé.

Lo vi todo.

Cada segundo era una tortura.

Cada gemido. Cada risa que soltaba.

Cada vez que la tocaba, algo dentro de mí se rompía.

Lloré en silencio.

Apreté los puños hasta que me dolieron.

Mis labios se mordieron hasta que sentí el sabor de la sangre.

Una hora después, ella se fue.

Él se duchó.

Se metió en la cama.

Y se durmió al instante, sin el más mínimo atisbo de remordimiento.

Me quedé allí, inmóvil.

Mi vestido se arrugó, mi alma se hizo pedazos.

Entonces mi teléfono vibró.

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