Esos tres días se alargaron como años. No pude dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de mi suegro; el miedo en sus ojos era más aterrador que cualquier amenaza. Si todo hubiera sido una broma, ¿por qué un hombre acostumbrado al poder y la riqueza tendría el aspecto de estar esperando la muerte?
Al cuarto día volví a encender mi teléfono.
Más de doscientas llamadas perdidas. Un aluvión de mensajes. Mi madre llorando. Mi padre suplicando. Los mensajes de mi marido pasando de la rabia a la preocupación y la desesperación.
Un mensaje llegó de un número desconocido:
«Tomaste la decisión correcta al irte. No vuelvas. Pase lo que pase».
No hacía falta ningún nombre. Sabía quién era.
Esa noche, los titulares estallaron.
El conglomerado familiar de mi esposo fue puesto bajo investigación inmediata.
Blanqueo de capitales. Fraude en la construcción. Décadas de accidentes encubiertos.
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