Me incorporé.
—¿Qué hay en la caja?
Tardó demasiado en responder.
—Son… las cenizas de Lucía.
Sentí un nudo helado en el estómago.
—¿Las trajiste a nuestra luna de miel?
—Ella siempre quiso venir a Portugal… —murmuró, evitando mis ojos.
La conversación terminó porque él se levantó, diciendo que necesitaba una ducha. Yo me quedé en la cama, inmóvil. Mi marido no me mentía, pero tampoco me decía toda la verdad. Lo notaba en su voz, en la tensión de sus hombros. Había algo más.
La curiosidad —o quizá el instinto de supervivencia emocional— me empujó a buscar la caja. Estaba exactamente donde la había escondido. Era ligera, más de lo que esperaba. Me quedé unos segundos dudando. Sabía que abrirla podía herirme, pero también sabía que no soportaría seguir imaginando lo que contenía.
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