Sentí que todo dentro de mí se rompía. Mi matrimonio había durado diez días. Diez días antes de descubrir que él aún mantenía contacto secreto con la mujer que supuestamente “amaba pero había perdido”.
Le colgué. Y esa misma tarde, decidí ir a hablar con la única persona que podía aclararlo todo: Lucía.
Localizarla no fue difícil. Su perfil mostraba un café artístico cerca del río Duero, donde solía trabajar como ilustradora. Fui sin avisar. Necesitaba ver su reacción al verme, necesitaba entender si ella también participaba en la mentira o si había sido una víctima más de mi marido.
Cuando la encontré, estaba sentada frente a su tablet gráfica, dibujando con unos auriculares enormes. Se parecía exactamente a la foto: pelo oscuro, mirada cálida, sonrisa tranquila. No tenía nada de fantasma ni de tragedia.
Me acerqué lentamente.
—¿Lucía?
Ella levantó la vista. Su expresión pasó del desconcierto a una cautela educada.
—Sí… ¿nos conocemos?
—Soy la esposa de Daniel. —No añadí “pronto exesposa”, aunque lo pensé.
Lo primero que hizo fue quitarse los auriculares.
—Oh… —murmuró, sorprendida pero no temerosa.— No esperaba… esto.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
—¿Podemos hablar? —pregunté.
Ella asintió y señalamos una mesa más apartada.
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