“En nuestra luna de miel, me desperté a mitad de la noche y encontré a mi esposo de espaldas, abrazando una pequeña caja de madera como si fuera un tesoro. Dijo que contenía las cenizas de su exnovia fallecida. Cuando fue a ducharse, la abrí… y lo que encontré dentro me hizo hacer las maletas y pedirle el divorcio antes del amanecer….

Me incorporé.
—¿Qué hay en la caja?
Tardó demasiado en responder.
—Son… las cenizas de Lucía.

Sentí un nudo helado en el estómago.
—¿Las trajiste a nuestra luna de miel?
—Ella siempre quiso venir a Portugal… —murmuró, evitando mis ojos.

La conversación terminó porque él se levantó, diciendo que necesitaba una ducha. Yo me quedé en la cama, inmóvil. Mi marido no me mentía, pero tampoco me decía toda la verdad. Lo notaba en su voz, en la tensión de sus hombros. Había algo más.

La curiosidad —o quizá el instinto de supervivencia emocional— me empujó a buscar la caja. Estaba exactamente donde la había escondido. Era ligera, más de lo que esperaba. Me quedé unos segundos dudando. Sabía que abrirla podía herirme, pero también sabía que no soportaría seguir imaginando lo que contenía.

La abrí.

No había cenizas.
No había restos humanos.
Sólo había un colgante de oro con el nombre “Lucía”, varias cartas dobladas con cuidado… y una foto reciente. Una foto que no tenía ningún sentido. Porque la mujer en esa imagen —sonriente, viva, posando frente a un espejo— era la misma Lucía que supuestamente había muerto.

Y allí, en una nota escrita con su caligrafía perfecta, había una frase que me dejó sin respiración:
“Nos vemos cuando ella se duerma.”

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