Tardó menos de un minuto en llamarme.
Esta vez contesté.
Su voz sonaba cansada, derrotada.
—No quería perderte —fue lo primero que dijo.
—Entonces explícame. ¿Por qué dijiste que estaba muerta?
Hubo un silencio que se me clavó en el alma.
—No… no quería hablar de ella contigo. Pensé que era lo mejor.
—¿Me estás diciendo que inventaste su muerte?
—No… no exactamente. —Titubeaba.— La relación terminó… mal. Ella se fue. Cortó todo contacto. Yo no supe nada de ella durante años. Quise creer que era como si hubiera muerto.
No le creí. Era demasiado fácil, demasiado conveniente.
—¿Y la foto? ¿Las cartas? ¿La nota?
—No debía haber llevado nada de eso. —Respiró hondo.— Pero necesitaba cerrar ese capítulo. Pensé que… traer la caja me ayudaría a despedirme de ella.
—¿Despedirte de alguien que ves “cuando yo me duermo”? —pregunté, con rabia contenida.
Él se quedó mudo. Su silencio lo decía todo.
Entonces añadí:
—Ella está en Portugal. Subió una foto en Oporto hace dos días.
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