“En nuestra luna de miel, me desperté a mitad de la noche y encontré a mi esposo de espaldas, abrazando una pequeña caja de madera como si fuera un tesoro. Dijo que contenía las cenizas de su exnovia fallecida. Cuando fue a ducharse, la abrí… y lo que encontré dentro me hizo hacer las maletas y pedirle el divorcio antes del amanecer….

Lo escuché hundirse en la silla.
—No fue a propósito. Te juro que no… Yo sólo… necesitaba verla. Necesitaba hablar con ella. No sabía cómo decirte que aún tenía asuntos pendientes.

La frase que siguió fue la que me mató:
“Ella me escribió primero.”

Sentí que todo dentro de mí se rompía. Mi matrimonio había durado diez días. Diez días antes de descubrir que él aún mantenía contacto secreto con la mujer que supuestamente “amaba pero había perdido”.

Le colgué. Y esa misma tarde, decidí ir a hablar con la única persona que podía aclararlo todo: Lucía.

Localizarla no fue difícil. Su perfil mostraba un café artístico cerca del río Duero, donde solía trabajar como ilustradora. Fui sin avisar. Necesitaba ver su reacción al verme, necesitaba entender si ella también participaba en la mentira o si había sido una víctima más de mi marido.

Cuando la encontré, estaba sentada frente a su tablet gráfica, dibujando con unos auriculares enormes. Se parecía exactamente a la foto: pelo oscuro, mirada cálida, sonrisa tranquila. No tenía nada de fantasma ni de tragedia.

Me acerqué lentamente.
—¿Lucía?
Ella levantó la vista. Su expresión pasó del desconcierto a una cautela educada.
—Sí… ¿nos conocemos?
—Soy la esposa de Daniel. —No añadí “pronto exesposa”, aunque lo pensé.

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