Lo primero que hizo fue quitarse los auriculares.
—Oh… —murmuró, sorprendida pero no temerosa.— No esperaba… esto.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
—¿Podemos hablar? —pregunté.
Ella asintió y señalamos una mesa más apartada.
No tardé en enfrentarla directamente.
—¿Por qué tiene él fotos tuyas recientes? ¿Cartas? ¿Y por qué escribes cosas como “nos vemos cuando ella se duerma”?
La expresión de Lucía cambió. Ya no estaba tranquila. Ahora parecía… triste.
—Antes de decirte nada —susurró—, quiero que entiendas que yo no quería involucrarte en esto.
—¿Involucrarme en qué?
Suspiró, como quien se prepara para algo inevitable.
—Daniel me buscó primero.
Me quedé helada.
—¿Cómo que te buscó? Él me dijo que tú le escribiste.
Ella negó con la cabeza.
—No. Él me escribió hace unos seis meses. Dijo que necesitaba “cerrar heridas”, que quería disculparse por cómo había terminado todo. No pensé que fuera una buena idea, pero… era un mensaje inofensivo. Acepté conversar.
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