Tragué saliva.
—¿Y las cartas?
—Él insistía en que quería escribir a mano, que así podía ordenar sus pensamientos. Me enviaba una cada pocas semanas. Nunca le respondí por esa vía, pero él seguía enviándolas.
Sentí una mezcla amarga de vergüenza y furia contenida.
—¿Y la nota… la que decía “nos vemos cuando ella se duerma”?
Lucía bajó la mirada.
—Él vino aquí. Estuvimos hablando una tarde. Me dijo que tú eras maravillosa, que te amaba… pero también que tenía miedo de casarse cargando culpas del pasado. Dijo que necesitaba un momento a solas conmigo para limpiar esa parte de su vida. Yo lo acepté porque pensé que era un cierre legítimo.
Me miró a los ojos, con sincera compasión.
—Tú no estabas al tanto… ¿verdad?
Negué lentamente.
—¿Se acostaron? —pregunté sin rodeos.
Ella abrió mucho los ojos.
—¡No! Claro que no. Si hubiera intentado algo, habría salido corriendo. Te lo juro.
Debería haberme aliviado, pero no fue así. Lo verdaderamente doloroso fue comprender que él la había utilizado a ella también, inventando una versión distinta de nuestra relación para justificar su obsesión.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
